El clima no es una condición estática. Es un sistema dinámico que puede modificar las condiciones ambientales a las que nuestras ciudades están acostumbradas. El actual desarrollo del fenómeno de El Niño-Oscilación del Sur (ENSO, por sus siglas en inglés) lo demuestra: en junio de 2026, especialistas de la UNAM señalaron una probabilidad superior al 95 % de que el fenómeno se estableciera durante el segundo semestre del año, con una intensidad entre fuerte y muy fuerte. De acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), el ENSO puede alterar los patrones de temperatura y precipitación en México, aunque sus efectos no son iguales en todas las regiones. Más allá de intentar predecir exactamente qué ocurrirá, estos escenarios plantean una pregunta: ¿qué tan preparadas están nuestras ciudades para responder a un clima variable y a eventos cada vez más extremos? En La Laguna, esta relación adquiere una dimensión particularmente importante. Torreón presenta un clima BWh, de acuerdo con la clasificación Köppen: desértico, muy seco y cálido. La temperatura máxima promedio de junio, que es el mes más caluroso del año, pasó de 35.72°C durante el periodo de 1971-2000 a 37.52°C durante 1991-2020, de acuerdo con datos del SMN. Esto representa un incremento de 1.80°C entre ambos periodos de tiempo. Este dato evidencia que las condiciones ambientales sobre las cuales construimos nuestras ciudades no son completamente estáticas y que pueden verse alteradas con la presencia de fenómenos como el ENSO. Sin embargo, conocer la temperatura es apenas el primer paso para comprender cómo habitamos las ciudades. Medir la temperatura de un lugar no es lo mismo que evaluar el confort que esas condiciones generan en las personas. En nuestra percepción intervienen también la temperatura radiante de las superficies que nos rodean, la humedad relativa y el movimiento del aire, además de variables propias de cada persona, como su nivel de actividad y la ropa que utiliza. En Torreón, el análisis realizado con el programa Climate Consultant 6.0 muestra que, de las 8,760 horas del año, 1,879 horas (el 21.4 %) se encuentran dentro de la zona de confort representada por el modelo. Esto plantea una pregunta más útil para la arquitectura: ¿qué podemos hacer durante las horas fuera de la zona de confort para mejorar las condiciones ambientales? La orientación, la protección solar, la envolvente, los materiales, la masa térmica, la ventilación y la vegetación son algunas de las herramientas que permiten responder al ambiente desde el propio diseño, antes de recurrir directamente a sistemas mecánicos de climatización. El objetivo no es negar el clima, sino aprender a trabajar con él. Y esta idea no es nueva. Mucho antes de hablar de diseño bioclimático, quienes construyeron las primeras viviendas y edificios de la región tuvieron que resolver cómo habitar un territorio extremadamente seco y caluroso utilizando los recursos disponibles. De acuerdo con información del Museo Arocena, las primeras construcciones de Torreón utilizaron principalmente adobe, ladrillo y madera, y posteriormente incorporaron muros gruesos y alturas dobles, adecuados para el clima de la región. La antigua Escuela Amado Nervo, construida en 1922, contaba originalmente con un sistema de sifón para favorecer la circulación del aire. Hoy podemos reinterpretar estas decisiones desde conceptos como masa e inercia térmica, comportamiento de la envolvente y ventilación. Un muro grueso puede amortiguar las variaciones térmicas y una doble altura favorece la estratificación del aire. La arquitectura vernácula no debe idealizarse ni reproducirse literalmente: su valor está en el conocimiento acumulado sobre la relación entre territorio, clima, materiales y forma de habitar. No se trata de copiar las formas del pasado, sino de recuperar sus principios. Hoy contamos con tecnologías para estudiar ese conocimiento y traducirlo a las necesidades actuales. Cuanto mejor comprendamos el clima, más posibilidades tendremos de utilizar el diseño antes que la energía para resolver nuestros problemas de confort. Frente a un clima cada vez más cambiante, no basta con preguntarnos cuánto calor hará mañana. También debemos preguntarnos qué podemos diseñar hoy para habitarlo mejor.
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